Adaptarse al Frío

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El organismo humano tiene una temperatura corporal que se mantiene más o menos constante a unos 37 ºC en los adultos y 35 ºC en las personas mayores. Los sistemas con los que cuenta el organismo para mantener este equilibrio de temperatura, como hormonas, estructuras de las arterias y venas y receptores en la piel que recogen la sensación de frío y mandan la información a nuestro cerebro, van perdiendo eficacia con el paso de los años y disminuye la capacidad de nuestro cuerpo para soportar la exposición al frío, con lo que la sensación térmica cambia.

La pérdida de grasa corporal y enfermedades como la diabetes o el hipotiroidismo (diagnosticado o sub-clinico) pueden condicionar una mala respuesta corporal ante el frío, pero la principal causa de la mala repuesta al frío que muchas personas sufren es el estrechamiento que se produce en los vasos sanguíneos con el paso de los años. El flujo de sangre es menor y disminuye la capacidad para mantener la temperatura corporal en zonas más alejadas de corazón, como las manos, pies y nariz.

Si la temperatura corporal desciende por debajo de los 35ºC se puede hablar de hipotermia. Sobre todo las personas mayores, en épocas de frío, son las más susceptibles de padecer esta falta de temperatura corporal, que además es dificil de diagnosticar porque la persona muchas veces no es consciente de que tiene frío y no se suele quejar. Los escalofríos son una buena señal de que hay un descenso importante de la temperatura corporal y que los músculos se activan paran contrarrestar el frío. Otros síntomas indicativos de la hipotermia son el adormecimiento, el habla lenta y poco articulada, el pulso debil, la respiración poco profunda y el entumecimiento de brazos y piernas.

En casos leves, aplicando calor a través de ropa de abrigo se alivia la sensación de frío, pero si esta sensación es intensa y constante, es necesario consultar al médico.

Para prevenir la hipotermia se han de tomar una serie de medidas, sencillas pero que frecuentemente se descuidan, como vestirse con ropa cálida y abrigada, con preferencia por prendas impermeables cuando se sale al exterior, ya que evitan el paso de humedad. Es conveniente proteger las zonas más delicadas o con mayor pérdida de calor, como la cabeza, las manos y pies con mayor cuidado, así como el cuello y pecho, para evitar resfriados y gripes. Para evitar cambios muy bruscos de temperatura, que fuerzan al organismo a una adaptación rápida, conviene mantener la temperatura de los ambientes interiores entre los 21-22 ºC y evitar salir cuando el frío sea muy intenso.

Además de los mayores, por su condición fisiológica, hay una serie de patologías que obligan a las personas que las padecen a tener un especial cuidado con la exposición a las bajas temperaturas. Las personas que padecen enfermedades pulmonares, como la bronquitis crónica o el asma pueden sufrir más problemas respiratorios en épocas de frío y humedad. La artrosis también suele empeorar con las bajas temperaturas. Las enfermedades de la piel empeoran con el viento frío y la humedad, que además de disminuir el flujo sanguíneo en la piel, favorecen la sequedad de la piel y disminuyen su elasticidad. En las zonas más expuestas pueden aparecer los molestos sabañones. En los casos de problemas cardiovasculares también se suele sufrir un empeoramiento con el frío, ya que la temperatura baja favorece la aparición de síntomas como un mayor cansancio, peor tolerancia al esfuerzo y molestias en el pecho al realizar ejercicio físico.

Una buena alimentación puede ayudar a mantener una buena temperatura corporal. Es muy importante estar bien hidratado y que la dieta sea rica en antioxidantes y en alimentos que aporten energía, como los hidratos de carbono complejos.

Los suplementos basados en nutrientes y/o fitoquímicos que mejoran la circulación pueden ser de gran ayuda para evitar el frío excesivo en las zonas más sensibles en épocas de frío. Productos herbales como los extractos de hoja de Ginkgo, la raíz de Jengibre y la corteza de Canela mejoran la circulación y, en el caso de los dos últimos, favorecen la producción de calor. Los Bioflavonoides, en combinación con la vitamina C, mejoran la elasticidad de los capilares y refuerzan la piel y el tejido articular, todas ellas estructuras que se ven muy afectadas por el frío.

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